La magdalena de toda la vida se hacía con mantequilla, o con manteca, según la casa y la región. Nosotros elegimos otro camino: aceite de oliva.
No es una moda ni un capricho de etiqueta. Es una decisión de textura, de sabor y de equilibrio — y hay una razón concreta detrás de cada una.
Una cuestión de esponjosidad
El aceite de oliva es líquido a temperatura ambiente. La mantequilla, no. Esa diferencia, que parece pequeña, cambia por completo la miga.
Con aceite, la masa queda más suelta y aireada. El resultado son magdalenas más esponjosas, con ese copete alto que se rompe en capas, en lugar de una miga densa y apretada.
Se mantienen tiernas más tiempo
La mantequilla se endurece al enfriarse — por eso un bizcocho hecho con mantequilla pierde jugosidad al día siguiente.
El aceite de oliva no se solidifica igual. Las magdalenas siguen tiernas horas después de salir del horno, sin necesidad de recalentarlas ni de comerlas todas el mismo día.
El equilibrio que buscamos
No hace falta demonizar la mantequilla para defender el aceite de oliva. Es, simplemente, la opción con la que nos sentimos más cómodos: un ingrediente mediterráneo, reconocible, que encaja con la manera en la que entendemos cuidarse sin renunciar a nada.
Nuestras magdalenas llevan un 10% de aceite de oliva en su receta — no es un adorno en la etiqueta, es parte real de la masa.
Cómo lo notarás en cada bocado
Menos densidad, más aire. Un sabor de fondo suave, ligeramente afrutado, que no compite con la vainilla ni con el limón de la receta. Y esa sensación de que, aunque hayan pasado unas horas, siguen sabiendo a recién hechas.

En resumen
Cambiar la mantequilla por aceite de oliva no fue una decisión de marketing. Fue una decisión de horno: más esponjosidad, más jugosidad, y un ingrediente que reconoces sin necesidad de leer la etiqueta dos veces.
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